miércoles, 23 de julio de 2008

Santiagueños


Juan Bedoian.
jbedoian@clarin.com


Andá a decirle a un santiagueño que hay pagos mejores que Salavina y capaz que el susodicho te corta la yugular. Está bien todo eso de las raíces, el pueblo donde nací, el suelo querido, pero esta gente ha llevado ese sentimiento de pertenencia a alturas -o profundidades, según- pocas veces vistas en nuestros pagos. Tengo varios amigos santiagueños y si hay algo que los unifica es el fervor por la tierra, muchas veces perdida: "Forastero que va/siempre quiere quedarse/ y del suelo querido suele prendarse, ay, ay, sí, sí", dictamina Nostalgias Santiagueñas. Y a pelarse, como dicen en el norte.

Sí, señor, es un bello fervor multiplicado que está más allá de toda percepción racional. ¿Porque en el fondo de qué estamos hablando? ¿De tierra fértil, campos verdes, lagos azules, dátiles, especias, un buen malbec, tabacos refinados, manjares? No, ellos hablan -sus canciones- de zapatear en el salitre, vino patero, pastel de vizcacha, grasita de iguana macho mezclada con hierba buena, tuna fresquita y sandía. Esa nostalgia que transformada en deseo hace que estos adorables santiagueños hayan convertido al mistol -un fruto salvaje tirando a modesto- en un manjar frente al que empalidecen los dátiles, el pistacho o las cerezas.

Debe ser emocionante estar convencido de que el pueblo donde uno nació es el mundo entero. Qué bueno sentir que un pueblo se necesita, que un pueblo quiere decir no estar solo, comprender que en esas gentes y en esa geografía hay algo nuestro que siempre nos acompaña o nos aguarda.

La nostalgia santiagueña ha llegado a límites inusitados en la cultura de las regiones argentinas. Uno escucha algunas canciones y la añoranza es el sentimiento que barre con todo. Entiérrenme allí, clama una; Cuando salí de Santiago, todo el camino lloré, gime otra; no voy a morir contento, ay, si no pito un chala en mi Loreto, exagera una tercera.

Sí, Santiago es un estado mental y una obsesión. Quizá una mística que está íntimamente ligada a una religión. Ellos son felices -o melancólicos- con eso y está bien.

Atrévete a decirle al santiagueño Carlos Erlan que hay mejores chivitos que en Frías. Dile eso a este brillante ingeniero -tan reflexivo- y capaz que te manda al infierno.